El 2026 trae destinos transformadores que fusionan naturaleza épica, cultura renovada y eventos únicos, perfectos para viajeros que buscan más que selfies: impacto real y memorias eternas. Desde Alpes nevados hasta selvas caribeñas y arte callejero resiliente, estos spots prometen aventuras lifestyle con sostenibilidad y exclusividad.
Estos lugares prometen experiencias inolvidables más allá de lo convencional, ideales para viajeros conscientes que buscan impacto y belleza auténtica.
Patagonia chilena
En este destino las torres graníticas, glaciares rugen en lagos turquesas y fiordos infinitos guardan secretos de navegantes ancestrales. Aquí puede navegar por el Glaciar Grey con icebergs flotantes y cruza lagunas como Nordenskjöld o Amarga, avistando guanacos, cóndores y pumas en senderos como el W Trek.

Explora fiordos patagónicos en zodiac hasta el Glaciar San Rafael, remonta el Cerro Castillo con agujas rocosas y lagunas esmeralda, o navega la Ruta de los Parques por 17 reservas desde Puerto Montt hasta Cabo de Hornos.

Su gastronomía es rústica y reconfortante: saborea cordero magallánico al palo jugoso asado 12 horas con sal marina, curanto en hoyo con chorizo, centolla, choritos y papas envueltos en hojas de nalca, y centolla gigante fresca al natural o en sopa cremosa. Prueba rey caballa ahumada, calafate en postres silvestres y vinos carmenère robustos en estancias ventosas.
República Dominicana
Santo Domingo, que este año será sede de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, se prepara recibir a los visitantes. Este destino seduce desde el primer paso con el brillo dorado del Caribe y el eco de siglos de historia en cada esquina de su Zona Colonial con fachadas coloridas y plazas arboladas y aromas de café recién colado, la ciudad invita a caminar despacio, a mirar hacia arriba y a dejarse contar historias por sus piedras.
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En el corazón histórico, las callecitas empedradas te llevan hasta el Alcázar de Colón, con su presencia imponente frente a la plaza, mientras la Catedral Primada de América asoma sus torres como recordatorio de que aquí empezó buena parte de la historia del continente.

Al caer la tarde, el Parque Colón se llena de risas, música y vendedores ambulantes; es el lugar perfecto para sentarse en una terraza, observar el ir y venir de la gente y sentir cómo la ciudad baja el ritmo. Muy cerca, la calle Las Damas y la calle El Conde se convierten en pasillos vivos de tiendas, galerías, cafés y pequeños museos que mezclan arte, memoria y cotidianeidad.

Cuando el sol empieza a teñir el cielo de tonos rosados, el malecón se transforma en el gran balcón de Santo Domingo frente al mar. El viento cálido, las olas golpeando el muro y las luces de los hoteles y bares encendidos crean un escenario vibrante: parejas que pasean, amigos que se reúnen a conversar, corredores que aprovechan la brisa y músicos callejeros que marcan el ritmo de la noche.

La gastronomía es otro de los grandes relatos de Santo Domingo. En las fondas tradicionales y colmados modernizados se sirve la bandera dominicana —arroz blanco, habichuelas y carne guisada— junto a plátanos fritos crujientes, tostones perfectos y yuca dorada. Para el desayuno, el mangú con salami, queso frito y huevo es casi un ritual, mientras que al mediodía el sancocho humeante reúne a familias y amigos alrededor de la mesa.
Montenegro
Aquí los fiordos esmeralda besan montañas escarpadas y ciudades medievales susurran leyendas de emperadores y piratas. Este rincón invita a perderse entre murallas centenarias, playas de guijarros cristalinos y tabernas donde el aroma a pescado fresco y hierbas silvestres impregna el aire salino.

En la Bahía de Kotor, un fiordo serpenteante rodeado de picos que tocan las nubes, navega en barcos tradicionales hasta la isla de Nuestra Señora de las Rocas, con su iglesia barroca llena de exvotos dorados y pinturas milagrosas. Sube los 1.350 escalones empedrados hasta el Fuerte de San Juan en Kotor para vistas eternas sobre tejados rojos y yates danzando; al bajar, recorre el casco antiguo con su catedral de San Trifón del siglo XII y plazas donde músicos tocan tamburica bajo arcos venecianos.

Al anochecer, las costas se encienden con terrazas vibrantes donde merengue balcánico invita a bailar, y fogatas en playas como Velika Plaža (la más larga de Europa, con 13 km) reúnen a locales para noches de risas y estrellas.
La gastronomía montenegrina es un festín rústico y generoso: saborea cevapi jugosos —salchichas especiadas en pan somun con cebolla cruda y ajvar picante— en konobas familiares, o pljeskavica, hamburguesa balcánica a la parrilla con kaymak cremoso. Prueba pescado fresco del Adriático como corballo o lubina a la sal, lamb chorba (sopa de cordero con hierbas de montaña) y baklava crujiente rellena de nueces, todo regado con rakija de uva o vino Vranac robusto de viñedos locales.
Guimarães, Portugal
La cuna de Portugal, te envuelve con el aroma de piedra antigua y glicinias en flor, donde castillos medievales coronan colinas y plazas empedradas susurran el nacimiento de una nación. Esta joya del norte portugués, con su centro histórico UNESCO, invita a perderse en un laberinto de historia viva, jardines frondosos y sabores del Minho que reconfortan el alma.Desde la cima del Castillo de Guimarães, erguido como guardián desde el siglo X, contempla el mosaico de tejados rojos y valles verdes que se extienden hasta el horizonte; aquí nació Afonso Henriques, el primer rey, y sus almenas aún evocan batallas legendarias.

Baja al Largo da Oliveira, con su olivo milenario custodiado por la Iglesia de Nossa Senhora da Oliveira gótica, y cruza la animada Praça de São Tiago, flanqueada por fachadas coloridas y cafés donde locales charlan sobre el día.

No te pierdas el Paço dos Duques de Bragança, palacio manuelino con chimeneas colosales y tapices reales, ni las murallas restauradas que rodean la ciudad como un abrazo defensivo.

Sube en el teleférico al Monte da Penha para un respiro espiritual: el Santuário da Penha, encaramado en peñascos graníticos, ofrece panorámicas de ensueño sobre el Ave y senderos perfumados de eucaliptos, ideales para picnic al atardecer.
La mesa en Guimarães es poesía rústica: empieza con caldo verde humeante, sopa de coles y chorizo ahumado, y pasa al bacalhau à Guimarães, bacalao al horno con cebolla caramelizada y patatas. Prueba la francesinha norteña —sándwich jugoso de carnes, queso fundido y salsa picante— o cabrito asado, cabrito al horno tierno con arroz de miúdos. Remata con rebanadas doradas, queijadas de Ovos Moles cremosas y un vino verde espumoso del Minho, en tabernas familiares o mercados como el Mercado Municipal, donde frutas tropicales y panes rústicos tientan al paladar.
Corea del Sur
Sumérgete en un torbellino donde palacios ancestrales chocan con neones futuristas, templos marinos desafían olas y mercados nocturnos estallan en aromas picantes que despiertan todos los sentidos.
En Seúl, el Palacio Gyeongbokgung resplandece con pabellones de tejas curvas y guardias cambiando turno en ceremonias solemnes.

Cerca de allí puedes visitar el Museo Nacional del Folklore ilustra la vida cotidiana antigua con artefactos vivos.
También debes ir a Bukchon Hanok Village y recorrer este laberinto de casas tradicionales de madera y techos ondulados, trepando colinas para vistas panorámicas de la ciudad infinita; explora callejones empedrados con té hanbang en casas-té y talleres de cerámica, ideal al atardecer cuando faroles se encienden como estrellas terrenales.

La gastronomía coreana es una fiesta explosiva: devora kimchi jjigae burbujeante con tofu y cerdo en mercados como Gwangjang, arma bibimbap vibrante con vegetales crujientes y huevo frito, asa samgyeopsal (panceta) en mesas parrilla con hojas de lechuga y ssamjang picante. Prueba tteokbokki cilíndrico en salsa roja dulzona, hoe mariscos crudos frescos en Jagalchi y remata con hotteok relleno de miel pegajosa o patbingsu nevado de frutas tropicales, todo regado con soju helado o makgeolli espumoso en garitos ruidosos.
Beijing, China
En esta urbe descubre un eje imperial donde murallas eternas custodian secretos de emperadores. Durante su estadía puedes visitar los hutongs, laberintos encantadores de callejones grises donde rickshaws zumban entre patios siheyuan llenos de nonagenarias jugando mahjong, aromas de dumplings caseros flotando desde cocinas ocultas y murales callejeros que capturan la China eterna en un paseo íntimo y nostálgico.

Recorre Tiananmén —plaza colosal de desfiles históricos— hasta la Ciudad Prohibida, con 9.000 salas doradas y tronos de dragones; termina en el Templo del Cielo, donde pabellones azules resuenan rituales armónicos bajo cielos infinitos. También subir a la Gran Muralla y sumergirte en la historia de esta nación.

La gastronomía es un banquete audaz: devora pavo real asado crujiente con piel caramelizada, jiaozi dumplings al vapor rellenos de cerdo y puerro, y brochetas de cordero especiado yangrou chuan en puestos humeantes. Prueba zhajiangmian noodles en salsa fermentada dulce-salada, baozi bollos esponjosos y remata con tanghulu frutas glaseadas en caramelo rojo, todo accesible sin visa para estancias cortas y metro bilingüe.
