Los seres humanos somos sociales por naturaleza, impulsados por esa necesidad primal de conexión y pertenencia de tejer lazos con otros para sentirnos vistos, validados y completos.
Esta no es una mera introspección pasajera, sino el núcleo sagrado donde se anclan todas las demás uniones, pero existe una verdad sutil que subyace entre el vasto tapiz de relaciones que cultivamos a lo largo de la vida, y es que mientras las conexiones externas fluyen y se transforman, bajo la excusa de la amabilidad, ansiosos por dar y recibir amor, esa afinidad interna se evanece, ya que pasamos por alto una de las vivencias más profundas y transformadoras: aprender a cultivar el amor hacia uno mismo.
El amor propio nace desde adentro
Hablamos de ese espejo interno que refleja tu valor incondicional, el refugio donde el amor propio se erige no como aislamiento, sino como el oxígeno esencial que permite amar a la pareja —y ser amado— sin agotarte o depender del otro.
En ese sentido, la psicóloga Atenea Anca profundiza en esta verdad: el amor propio trasciende la belleza superficial y se arraiga en acciones internas transformadoras.
El amor propio no es mirarte en el espejo y decirte cosas bonitas. Consiste en autoconocimiento, autoconfianza, autovaloración, autoaceptación y muchísimo autocuidado
La psicóloga indicó que este gesto invita a «conocer todo lo que puedas de ti misma, sin perder la curiosidad por descubrir más. Ver tus luces y tus sombras, confiar en tu criterio y tomar decisiones diarias que prioricen lo mejor para ti: ¿Qué me conviene? De eso se trata el amor».
Lejos de ser un acto de aislamiento —ese espejismo donde uno acapara sin dar—, esa raíz inquebrantable actúa como un laúd finamente afinado, permitiendo que el amor hacia la pareja resuene con claridad y armonía profunda, no como un egoísmo que disuena, sino como el ajuste esencial que eleva la melodía compartida.

«El egoísmo y el amor propio no son lo mismo, aunque frecuentemente los confunden. […] Una persona con alto egoísmo es una persona que va a defenderse y que se suele sentir atacada a toda costa. El vínculo no le interesa mucho. Mientras que, una persona con amor propio también trata de estar bien con el otro y estar bien consigo misma, lo que invita a la persona a poner constantemente límites muy claros, pero también a ser muy respetuosa de los límites de la otra persona», aseguró la especialista, quien reflexionó sobre que «las personas con alto amor propio suelen tener relaciones muchísimo más estables, sanas y satisfactorias».
Lea también: Averigua si estás en una situationship
Este pilar nos invita a valorarnos en nuestra esencia más pura, estimulando la resiliencia que se alza como escudo ante las dificultades, aumenta la confianza en decisiones propias, reduciendo inseguridades y miedos irracionales. Permite rechazar relaciones tóxicas sin culpa. Pero en la pareja emerge no como un muro defensivo, sino como un diálogo equilibrado: defiende tu espacio sin atacar el ajeno, tejiendo estabilidad sin egoísmo, resentimiento, disipa la codependencia para que ambos crezcan sin asfixiarse, y profundiza la intimidad auténtica para tejer un vínculo más estable, generoso y satisfactorio.
Cabe destacar que, así como esa raíz inquebrantable puede florecer con el tiempo, también se desvanece si no se cuida. «Hay muchas maneras de darnos cuenta que el amor propio está bajando. Tomen en cuenta que el amor propio no es un lugar al que tú llegas y listo para toda la vida. No, son unos lentes que te pones cada mañana y que están llenos de un montón de decisiones de autocuidado. Y en algunas ocasiones nos daremos cuenta», expresó la psicóloga, y precisó que tener «un trato cruel con nosotros mismos, pensamientos que nos hacen daño, comparaciones dolorosas, no le damos prioridad al descanso o al placer. Nos tratamos de una manera en la que nosotros nos vemos disminuidos, no confiamos en nosotros o nos desconectamos de lo que realmente estamos deseando hacer y decir. Tenemos que estar muy atentos porque si no el amor propio empieza a bajar».
Cabe destacar que, así como esa raíz inquebrantable puede florecer con el tiempo, también se desvanece si no, se cuida, como lentes que se empañan sin el pulido diario del autocuidado.

«Hay muchas maneras de darnos cuenta de que el amor propio está bajando. Tomen en cuenta que no es un lugar al que llegas y listo para toda la vida. No, son unos lentes que te pones cada mañana, llenos de decisiones de autocuidado. Y en algunas ocasiones nos daremos cuenta», indica la psicóloga, quien detalló las señales claves:
- Trato cruel con nosotros mismos: pensamientos autolesivos y comparaciones dolorosas que minan la esencia.
- Descuido de prioridades básicas: no dar espacio al descanso o al placer personal.
- Desconfianza interna: sentirnos disminuidos, dudando de nuestro valor y criterio.
- Desconexión profunda: ignorar lo que realmente deseamos hacer y decir.
- «Tenemos que estar muy atentos», advierte Anca, «porque si no, el amor propio empieza a bajar».
Aprender a decir «no» es la clave
Este panorama surge cuando priorizarse genera culpa, ya que culturalmente se confunde el amor con sacrificio absoluto, llevando a entregarse al otro hasta extraviar el propio reflejo. Esa dedicación constante, impulsada por el mandato de «amar es cederlo todo», disuelve la esencia personal en concesiones silenciosas que, con el paso del tiempo, nos desconectan de nosotros. No obstante, una clave para contrarrestarlo son los límites saludables —no barreras rígidas—, sino medidas que preservan el equilibrio, cultivan respeto recíproco y permiten que ambos se expandan completos, nutriendo un amor maduro donde el «yo» enriquece al «nosotros» sin extinguirse.
«Los límites no tienen nada que ver con el rechazo, pero por supuesto tenemos que ser cuidadosos en cómo lo transmitimos. No es un ataque, no es un señalamiento al otro. Tú haces esto, es cuando haces esto, siento esto y necesito esto otro», afirmó Anca y recuerda que los límites se basan en acuerdos que beneficien a ambos.
«Si esa es la filosofía de una relación, normalmente pueden perfectamente aceptar el límite del otro y no sentirlo como algo de rechazo. Básicamente consiste en tener muchísima claridad de que estoy sintiendo y necesitando y saberlo transmitir con amor».
Cuando cultivamos nuestra propia valía, dejamos de buscar en la pareja una validación que nos falta. Esto transforma el vínculo: ya no nos unimos por carencia o miedo a la soledad, sino por el deseo genuino de compartir nuestra plenitud. Una pareja fuerte no está formada por dos mitades que se necesitan, sino por dos individuos enteros que se eligen cada día.
Al respecto, la especialista destacó que para cultivar el amor propio a diario es importante «ser conscientes de que es un montón de decisiones diarias, muchas. Por ejemplo, dormir bien, comer bien. Cuando digo comer bien, es comer de forma saludable. Hacer no siempre esta pregunta: ¿qué me conviene? ¿Qué ruta voy a tomar para el trabajo? ¿La más rápida para llegar antes o la que más puedo disfrutar y que me va a dar más paz mental? También se trata de filtrar los pensamientos, filtrar los vínculos, aprender a poner límites a tiempo. Se trata de darnos el mejor día que nos podamos dar. Si esa es la premisa y cada día tú te despiertas con esa intención, pronto te darás cuenta de que tu amor propio está mejorando».
Créditos
Atenea Anca en Redes Sociales: Instagram: @clinipareja | Web: www.clinipareja.com