Bajo la dirección de Wes Gordon, la colección evoca la herencia venezolana de la fundadora mediante elementos icónicos como el rojo vibrante, estampados de leopardo en blanco/negro y marrón, flores escultóricas doradas, tweed texturizado y detalles en calas que simbolizan vitalidad invernal.

La propuesta celebra a mujeres artistas, mecenas y galeristas como Amy Sherald, Hannah Traoré y Ming Smith, quienes cerraron la pasarela, inspiradas en figuras como Peggy Guggenheim. Se destaca la sororidad femenina, con siluetas arquitectónicas que juegan con volúmenes en vestidos ceñidos, faldas lápiz, blazers abullonados y tacones vertiginosos.
El escenario, un taller neoyorquino con iluminación que pasa de fría a rosada, refuerza la transición estacional y el «caos perfecto» entre materiales crudos y tul delicado.

Elementos que armonizaban
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Estampados y colores: Leopardo como leitmotiv en cuellos, abrigos y trajes sastre; rojo y negro emblemáticos con toques florales que irrumpen como «destellos de luz».
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Texturas innovadoras: Tweed con flores tejidas, encajes ciruela, lentejuelas y relieve negro mate para un chic gráfico y escultórico.
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Accesorios icónicos: Calas doradas en bolsos y broches, lazos en zapatos y cinturones finos que realzan la silueta femenina.

Entre el público brillaron celebridades como Lauryn Hill, Olivia Palermo, Hiba Abouk y Emilia Mernes, subrayando el atractivo global de la firma. Este show, en un Nueva York nevado, reafirma a Carolina Herrera como poesía elegante: un puente entre tradición (referencias a Balenciaga, Saint Laurent y De la Renta) y modernidad, donde la feminidad es firme y luminosa.