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Cuando la suegra entra en la pareja sin haber sido invitada

Cuando la suegra irrumpe en la intimidad de la pareja genera tensiones

En el centro de innumerables discusiones de pareja siempre hay un nombre que se repite: la familia de origen. El conflicto se siente tan intenso y repetitivo que muchos llegan a la consulta con la convicción de que el problema reside totalmente en la intromisión de la suegra, el suegro o los hermanos. La queja es clara: la familia de uno de los dos está decidiendo sobre la crianza de los hijos, la economía, las vacaciones o incluso mediando en las discusiones. Cuando esta figura externa comienza a interferir sistemáticamente en la dinámica, el desacuerdo ya no se resuelve entre dos, sino que se convierte en un grave y profundo fenómeno psicológico conocido como triangulación. El problema se percibe como una influencia externa, pero el verdadero diagnóstico está por revelarse.

El problema raíz no es, y nunca ha sido, la influencia de la suegra. Es un error cargar toda la culpa en el tercero. El verdadero problema reside en la falta de criterio, de solidez y de límites claros en la propia pareja. Cuando una persona toma la decisión de casarse o convivir, deja de ser únicamente hijo o hija para convertirse, primero, en parte fundacional de una nueva familia nuclear. Este cambio no es solo legal o afectivo; es ante todo estructural. Implica que las decisiones cruciales del nuevo sistema ya no se toman desde la lógica, las costumbres o los deseos de la familia de origen, sino desde el proyecto de pareja compartido.

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Este proceso de diferenciación exige una madurez emocional que a menudo se subestima. Todos venimos de una familia con un conjunto de normas no escritas, estilos de vida, creencias rígidas y formas «normales» de hacer las cosas —desde cómo se gasta el dinero hasta cómo se consuela a un niño. Pero esas normalidades familiares no siempre coinciden, y casi nunca lo hacen por completo, con las de la persona que ahora es pareja. Y ahí aparece el reto ineludible: aceptar que ya no todo será “a tu manera” ni “como se ha hecho siempre en tu casa”, sino que es obligatorio construir un criterio nuevo, único, negociado y absolutamente compartido, que priorice la salud del nuevo sistema que han creado.

Muchos de los motivos de consulta en terapia de pareja tienen que ver precisamente con este punto ciego: la incapacidad de construir un sistema sólido y adulto. Son padres, suegros y familiares opinando sin ser solicitados, mediando conflictos que ya no les corresponden o incluso creando expectativas financieras que la pareja no está dispuesta a asumir. Cuando demasiadas figuras presencian o participan en lo que debería resolverse de manera privada y autónoma entre dos personas, la intimidad de la pareja se debilita hasta volverse frágil. La intimidad se ahoga bajo el peso de las opiniones externas. Y el hijo se siente entre la espada y la pared, sin ganas de herir ni norte claro.

Es crucial entender la función de los límites. Los límites no son un acto de rechazo o un ataque personal hacia la familia, porque sí, siguen siendo familiares. Son, fundamentalmente, un acto de amor bien puesto hacia el vínculo de pareja. Ponerlos con firmeza, respeto y claridad —y, fundamentalmente, de común acuerdo como equipo— no rompe vínculos; lo que hace es ordenarlos. Ordena la jerarquía, estableciendo quiénes deciden. Porque una pareja que no logra diferenciarse de su familia de origen queda atrapada perpetuamente entre lealtades conflictivas, sentimientos de culpa y conflictos que, en esencia, no le pertenecen. Son los padres quienes siguen gobernando.

Y ninguna relación tiene la capacidad de fortalecerse, de alcanzar su máximo potencial o de desarrollar una identidad propia, mientras siga gobernada por las voces, los miedos o las expectativas externas. El matrimonio o la convivencia es un ejercicio de soberanía. Si esta situación de triangulación se repite y se normaliza en tu relación, no es un problema menor. Es una señal clara, potente y urgente de que ambos necesitan ayuda profesional para aprender a diferenciarse, a unirse como equipo infranqueable y a poner límites sanos sin tener que romper o dañar los vínculos familiares. La terapia de pareja, en este contexto, no es un último recurso desesperado: es la herramienta más eficaz para construir una relación más sólida, autónoma y, sobre todo, más dueña de sí misma.

Atenea Anca en Redes Sociales: Instagram: @clinipareja | Web: www.clinipareja.com

 

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