David Hockney murió a los 88 años y con él se va una de las figuras más influyentes del arte británico de los siglos XX y XXI. Su nombre quedó ligado al pop art, pero su carrera fue mucho más amplia: pintó, dibujó, experimentó con la fotografía y la escenografía, siempre con una obsesión clara por el color y la forma de mirar el mundo.

Nacido en Bradford en 1937, estudió en la Bradford School of Art y luego en el Royal College of Art de Londres, donde comenzó a llamar la atención cuando aún era estudiante. Muy pronto se convirtió en una de las voces más reconocibles del arte pop británico, y su paso por Los Ángeles marcó una etapa decisiva en su obra.
Un lenguaje propio
Si algo distinguió a Hockney fue su capacidad para reinventarse sin perder identidad. Sus piscinas californianas, llenas de luz y geometría, se volvieron imágenes icónicas del arte moderno, mientras que sus retratos y paisajes ampliaron su registro con una mirada siempre personal. En los últimos años también exploró nuevas tecnologías, incorporando herramientas digitales como el iPad para seguir creando hasta casi el final de su vida.

Su carrera abarcó más de siete décadas, un recorrido en el que pasó de las primeras obras del pop británico a grandes series de paisajes y retratos que consolidaron su prestigio internacional. Esa evolución constante lo mantuvo vigente incluso cuando el arte contemporáneo cambiaba de dirección una y otra vez.

Obras que dejaron huella
Entre sus trabajos más recordados están sus representaciones de piscinas en California, que se convirtieron en un sello visual imposible de confundir. También destacó por sus retratos, una parte fundamental de su producción, y por sus exploraciones del paisaje de Yorkshire en acuarelas, óleos y obras digitales. Esa mezcla de tradición y experimentación lo volvió un referente para distintas generaciones de artistas.

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