Cuando pensamos en la mentira, nuestra mente la asocia casi siempre con algo oscuro, malintencionado, con la traición premeditada o con la manipulación activa. Visualizamos el engaño como un acto deliberado para sacar ventaja o causar un daño directo. Sin embargo, la inmensa mayoría de las mentiras cotidianas que sostenemos en nuestros vínculos cercanos no se dicen para engañar a nivel fundamental, sino para algo mucho más instintivo y humano: regular el vínculo, proteger nuestras propias emociones –y las de otros- y mantener la interacción en una superficie cómoda cuando no estamos disponibles para hundirnos en la profundidad de lo que realmente sentimos.
Responder un simple “estoy bien” cuando no lo estamos, cuando por dentro el mundo se nos está cayendo a pedazos o la ansiedad nos está ahogando, es, técnicamente, una mentira. No porque sea un acto malvado o de doblez moral, sino porque hay una innegable e inmediata incongruencia entre lo que sentimos internamente y la verbalización que ofrecemos. Esa respuesta automática no busca dañar al otro; de hecho, suele buscar exactamente lo opuesto: busca ahorrarse una conversación que percibimos como demasiado pesada, evitar exponer nuestra vulnerabilidad en un momento inoportuno, proteger nuestra intimidad de ser invadida, o simplemente seguir funcionando socialmente sin tener que abrir el mundo interno que necesita ser reparado. Son mentiras que nacen de una profunda autoprotección emocional y, a menudo, de la creencia (consciente o inconsciente) de que el otro no tiene la capacidad de sostener nuestro dolor.
Esta forma de mentir es radicalmente distinta de cuando la falsedad se usa para ocultar una conducta que sabemos incorrecta o moralmente dudosa, para sostener una doble vida, para manipular la percepción de la realidad del otro (lo que conocemos como gaslighting) o para evitar asumir las responsabilidades y consecuencias de nuestros actos. En estos casos, ya no estamos hablando de una simple regulación emocional o un acto de autoprotección. Hablamos de una ruptura activa del pacto de honestidad que es el fundamento de cualquier vínculo afectivo o profesional. Es aquí donde la mentira se convierte en una herramienta de poder y control, y es aquí donde la confianza comienza a pudrirse desde la raíz.

No todas las mentiras son equivalentes en su intención y su impacto. Las mentiras de autoprotección emocional dicen: “No puedo mostrarme completamente ahora, estoy agotado”. Tienen una fecha de caducidad. Las mentiras maliciosas y manipuladoras, en cambio, dicen: “No quiero que sepas lo que estoy haciendo, porque si lo supieras, mi beneficio desaparecería”. La primera es una invitación a crear un espacio más seguro; la segunda es un muro deliberado que anula la realidad del otro.
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¿Cuándo una mentira, por pequeña que sea, debe encender todas las alarmas en una relación? La preocupación debe aparecer cuando la falsedad se vuelve recurrente hasta el punto de ser un patrón de comunicación, cuando distorsiona la realidad de la otra persona, cuando impide alcanzar acuerdos claros y funcionales, cuando erosiona la confianza en pequeños actos diarios, o cuando decir la verdad sobre cualquier tema, por trivial que parezca, empieza a sentirse más peligroso, arriesgado o incómodo que sostener la falsedad. La mentira se convierte en un problema irresoluble cuando opera como una estrategia fija para evadir conflictos en lugar de asumirlos y resolverlos.
Entender esta profunda diferencia cambia por completo la forma en que miramos los quiebres en los vínculos. Porque muchas veces, en pareja, no hablamos de maldad o de una intención profunda de engañar, sino de una profunda e incapacitante indisponibilidad emocional. Y eso —a diferencia del engaño sistémico y deliberado— sí se puede nombrar, sí se puede trabajar, y sí se puede transformar con terapia, paciencia y, sobre todo, la valentía de abrir el mundo interno y dejar de mentirnos a nosotros mismos sobre nuestra propia fragilidad.
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