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Yayoi Kusama: los lunares que conquistaron el mundo del arte

Yayoi Kusama, una de las artistas más relevantes del último siglo,  falleció a los 97 años el pasado 14 de agosto en un hospital de Tokio, según confirmó su página web oficial. La institución aseguró que Kusama «siguió pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal». Aunque no se revelaron las causas de su muerte, su legado permanece imborrable en museos, galerías y espacios públicos de todo el planeta.

La artista fue conocida como la “reina de los lunares”, un motivo que pintaba, dibujaba y plasmaba en sus obras, que suelen parecer lúdicas, pero detrás de ellas se esconde la historia de una mujer que tuvo que superar enormes retos sociales y de salud.

De las alucinaciones infantiles a la obsesión por los lunares

Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, una ciudad de la montañosa región de Nagano, Kusama comenzó a pintar alrededor de los diez años. Desde la infancia, la artista padeció alucinaciones y un trastorno obsesivo compulsivo con tendencias suicidas, una etapa marcada por abusos físicos y psicológicos por parte de su madre, quien destruía sus obras y la obligaba a hacer de espía contra su padre infiel. Kusama usó este cóctel emocional para alimentar su arte, al que se aferró como un modo de supervivencia y terapia, convirtiendo los lunares y tonos vibrantes en exponente de la psicodelia global.

La huida a Nueva York y la explosión creativa

Formada en Nihonga, un estilo de pintura tradicional japonesa definida a finales del siglo XIX, Kusama emigró a Estados Unidos a finales de los años 50, huyendo del encorsetado formalismo del país asiático para hacerse un nombre entre las vanguardias artísticas. En la Gran Manzana comenzó a explorar sus características instalaciones inmersivas, expuso pinturas de gran formato, esculturas con espejos y luz eléctrica, y experimentó con la pintura corporal, la moda y hasta la cinematografía. En espacios públicos como Central Park desarrolló actividades a modo de protesta contra la guerra de Vietnam, un conflicto que marcó su psique desde los 16 años, cuando las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki.

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Un legado que trasciende generaciones

Su serie pictórica más extensa, My Eternal Soul, comprendió entre 2009 y 2021 aproximadamente 900 obras. Su enorme calabaza moteada ubicada cerca de la costa en el Benesse Art Site de la isla de Naoshima sigue siendo uno de los principales puntos de referencia del arte contemporáneo japonés. Al margen del arte, Kusama diseñó en 2012 el exterior del edificio corporativo de Louis Vuitton en Nueva York y en 2014 inauguró su propio museo en Tokio. A lo largo de su vida recibió múltiples reconocimientos: el Premio Asahi, la Orden de las Artes y las Letras de Japón, el premio Nacional por Logros de Vida de la Orden del Sol Naciente, y en 2006 se convirtió en la primera mujer en obtener el Praemium Imperiale de la Asociación de Arte de Japón, uno de los premios internacionales más prestigiosos del mundo.

El regreso a Japón y la consagración mundial

Pese a su éxito en Estados Unidos, donde influyó en contemporáneos como Andy Warhol o Claes Oldenburg, Kusama regresó a Japón en 1973 tras empeorar sus problemas mentales. En 1990 se internó voluntariamente en una institución psiquiátrica, desde donde siguió produciendo obras en diversos formatos. Su consagración llegó con piezas como Narcissus Garden (1966) y Gleaming Lights of the Soul (2008), así como colecciones como Dots Obsession (2008), Ascension of Polka Dots (2013) o Tulips of Shangri-la (2004), expuestas en museos de todo el mundo: el MoMA de Nueva York, el Tate Modern de Londres, el Reina Sofía de Madrid, el Centro Pompidou de París y el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, entre otros.

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