Hay terremotos que sacuden la tierra, y hay terremotos que sacuden la memoria. Venezuela y Colombia me enseñaron algo que rara vez se dice en voz alta: el cuerpo se mueve antes que la mente entienda. Un crujido, un movimiento leve en una lámpara, y algo muy antiguo en nosotros se despierta, se pone en alerta, no como debilidad, sino como una forma de inteligencia que nos ha mantenido vivos. Es decir, esa partecita de nuestro cerebro que se llama la amígdala se activa; ella actúa como la principal alarma de nuestro cuerpo, y se encarga de procesar las emociones que sentimos, de detectar el peligro y de regular nuestras respuestas de supervivencia.
Lo recuerdo con precisión: estaba en Bogotá, en una reunión virtual con mi tesista, que vive en Caracas, cuando de pronto me dijo: “Profe, está temblando.” Su hermano llegó corriendo a buscarla para salir de la casa. Ella aún tenía internet en ese momento, y yo, del otro lado de la pantalla, veía a través de su cámara cómo las lámparas de su casa se movían, sin entender del todo qué estaba pasando.
Lea también: Pausa digital: La guía para desconectar 72 horas sin caos
En Colombia la experiencia fue distinta y, de alguna manera, más difícil. Vivo en un sexto piso. Las instrucciones son claras: a partir del cuarto piso hay que quedarse en una zona segura del apartamento o subir a la terraza. Y sin embargo, aunque mi edificio es antisísmico, las escaleras temblaban bajo el peso de tanta gente que corría hacia abajo. Muchos de los que viven en los pisos más altos no querían subir a la terraza —querían bajar, salir a la calle— y, entre ese río de gente que descendía, ir en sentido contrario se volvía casi imposible.

Lo que más se queda conmigo de estas experiencias no es el terremoto en sí mismo, sino lo que viene después: los mensajes de “¿estás bien?” y “¿cómo te sientes?”, los vecinos que salen al mismo tiempo sin conocerse del todo, la forma en que una comunidad se organiza casi por instinto cuando todo lo demás parece incierto. La tierra se mueve, pero algo en nosotros se sostiene.
Quizás por eso hoy, cuando hablamos de paz, de resiliencia y de calma, no hablamos de ausencia de movimiento; hablamos de la capacidad que tenemos de mantenernos presentes incluso cuando el suelo tiembla. De confiar en que, así como el cuerpo sabe temblar, también sabe sobrevivir y volver a respirar.
Lea también: Habitar el temblor: El arte de reencontrarnos con la mesa y la vida
Como escribió Albert Camus, “en medio del invierno, aprendí que había en mí un verano invencible”. Esa es la lección que dos países, dos tierras, me han dejado: la firmeza no está afuera, está dentro de nosotros —y ahí es adonde siempre podemos volver.
Zoramar Oviedo Gallo
Instagram:@zoramaroviedo
Consultora de Felicidad y Bienestar
Happiness Trainer
Psicóloga Corporativa y Social
Prof. Invitada IESA. Prof. UNIMET