Como actriz, Gledys Ibarra nos ha contado historias con su cuerpo. Ha hecho del teatro, el cine y la televisión un escenario para exponerse. Ahí se ha descubierto. Nos ha asomado a seres que no son ella.
Pero, a diferencia de toda esa experiencia de encarnar personajes, hoy también lo hace con sus pinturas, cuando aplica la primera capa de color y mancha un lienzo que comienza de forma aventurada y que, poco a poco, llega a un destino en forma conclusiva.
Lleva años radicada en Londres, aunque, como se sabe, Gledys Ibarra sigue siendo una querencia para Venezuela. Probablemente, allá, en la capital de Inglaterra, su energía encuentra reposo en la quietud del río Támesis. Sin embargo, los estallidos de la propuesta plástica de la venezolana se alborotan de manera montañosa cuando se descubre trazando el Ávila o alguna comunidad hacinada de Caracas.
Lo cierto es que Gledys, que no ha renunciado a ser actriz, dio un giro radical a su arte y es justo saber si cada una de sus líneas de color han sido para compensar de alguna forma los libretos ausentes.

«Son dos mundos distintos, hermosos, locos, ricos y demandantes ambos de tu cuerpo», ataja Gledys Ibarra. «Con la pintura comienza desde el momento que vas caminando al estudio. Ya tu alma, tu corazón, tu niño y tu adulto, cada uno con sus colores y sus sombras, no saben qué va a pasar allí, pero no importa. Esas largas horas lo valen todo. Pones tus pies en el estudio y a partir de allí todo compensa».

—¿Compensa en función del arte dramático?
—No, no es que compensa algo que faltó en la actuación. Compensa desde su propio mundo. Hasta los desastres sobre la tela, el papel o el cartón compensan y es porque ya hubo un sacudón y entonces se transforma.

—¿Reconoces el momento de tu vocación por la pintura?
—No lo sé. No lo preciso. Yo misma me voy para atrás y me pongo a registrar en mi memoria y a lo único que me acerco es a mi yo de niña dibujando con mis creyones, que siempre estaban precarios porque todo lo sobrecargaba de colores.
—¿Y un poco después de la niñez?
—Jovencita, empecé a estudiar para ser actriz, pero esa atracción por pintar no se me olvidó. No se fue. Se avivó una vez que vi a un pintor en su locura creativa. Fue en la placita de Sabana Grande. Creo que hace como 45 años o más, y quedé enamorada.
Cuando pude, sin mayor alharaca, me compré mis primeros pinceles, tizas y colores y comenzó la fiesta. Tengo trabajos en mi casa que tienen 30 años
—¿Qué te atraía de esa ceremonia que veías en Sabana Grande?
—Era el maestro Aponte. Me enamoró cómo movía sus espátulas, sus telas y sus colores. Después me hice asidua y él me permitía sentarme y verlo pintar. De vez en cuando me decía algunas cosas sobre los colores y cómo los mezclaba, en una especie de «clase» que realmente no era, porque cuando intenté agarrar una espátula me dijo: `No, no. No toques. No toques nada´. Años después volví, pero para comprarle su arte.

—¿Lo tuyo ha sido un proceso autodidacta o incursionaste en una escuela de arte?
—En el comienzo fue darle rienda suelta a la intuición, que, obviamente, sin conocimiento ni técnica, el abismo es tu destino seguro. Pero el ojo es tu mejor amigo. Cada vez se va abriendo más y tu cerebro va procesando cosas. Y vas viendo tu evolución con el hacer. La curiosidad y las ganas de saber y evitar errores te llevan a consultar libros. La maravilla tecnológica me abrió ese mundo y lo sigo consultando frecuentemente. Aquí en Inglaterra me puse a estudiar.

—¿Por qué decidiste el arte figurativo?
—No es una decisión. Creo que tu manera de expresarte se manifiesta ante tus ojos hasta sin darte cuenta. Solo aparece. Sin embargo, confieso que me gusta la libertad que da lo figurativo. Sin reglas. Más emoción, locura y juego que perfección. Y dentro de ese no tener reglas aparece un estilo de hacer que por fuerza te define.

—¿Qué tipo de gratificación, financiera o espiritual, te deja la pintura?
—No sé cómo responderte esta pregunta. Todo es gratificante. Todo de ti sale ganando: tu corazón, tu espíritu, tus ojos. Todo es ganancia. Como te dije, hasta en el desastre. A veces salgo del estudio y mi esposo me pregunta `¿cómo vas?´ Y le respondo `Como la mier…, pero feliz´. Y si a esa ya ganancia, le sumas que tu pintura, tu estilo, o tus colores gusten y vendas eso ya es el uff.
Todos los maestros de la pintura me encantan. Me enamoran. Me dejo ir en sus pinturas. Los reviso y aprendo solo viendo y revisando sus obras. En todos consigo ese punto de maravilla, de luz, de color, ese punto donde la emoción me conmueve
—¿Sigues algún ritual para empezar a manchar?
—No tengo nada cuadrado ni definido. Depende de la hora. Lo que si no falta es la música. ¡Nunca!

—¿Hay elementos recurrentes en tu propuesta?
—Sí hay elementos que se repiten. A veces no aparecen, pero sí. Las frutas. Creo que un día, haciendo una fantasía de Londres, hice una fruta en un rincón y se quedó allí. Y las botellas aparecieron a su gusto también. Creo que la energía del verano me está llevando en este momento a un impulso de flores. Que no es mi favorito, pero en esas ando.
Créditos:
Entrevistada: Gledys Ibarra
Instagram: @IbarraGledysOf
Retratos de Gledys Ibarra: @IvanDumont
Periodista: Néstor Luis Llabanero
Instagram: @NestorLuisLlabanero